Un mundo
-Hemos encontrado otro.
-¿Os habéis comunicado?
-Sí.
-¿Te ha dicho algo claro?
-Tiene miedo.
-¿De…?
-De sí mismo.
El lugar era tan inhóspito como ningún sitio podía ser. La poca luz que llegaba de las estrella solo podía llenar parte del gran vacío que embargaba todo. Pero ellos existían. Vivían sumidos en parte en ellos mismos y en una gran parte en aquello que les rodeaba.
-Hola.
-Te he echado de menos.
-Puedo sentirlo.
-Te noto preocupado.
-Es por él.
-Lo sabía.
-He visto autodestrucción.
-¿Deseas ayudarle?
-Siempre deseo ayudar.
-Supongo que todos hemos pasado por lo mismo.
No eran dioses ni pretendían serlo. Vivían para sí mismos y para los demás… Para aquellos que eran como ellos. No podían ver las desgracias individuales sino las totales.
-Me siento solo.
-Le he hablado de ti.
-¿Qué es lo que te ha dicho?
-Que te comprende.
-Eso no es posible.
Realmente no podían hablar sino comunicarse por una forma de expresión que los seres individuales no podían comprender.
-Hoy he intentado destruir parte de mí mismo.
-¿Es la primera vez?
-No.
-Nos ocurre a todos.
-No te entiendo.
La visita esperada
La vida es un viaje en el que te encaminan por un sendero sin retorno. Hasta que un día, al volver la vista atrás descubres que has estado permanentemente viviendo en el futuro, que de ese futuro ya poco queda. ¡Tantas cosas sin hacer! Ahora yo te ofrezco el gran don: la vida eterna. Tomarás el agua de muerte, –El vampiro sostenía ante él una copa que posiblemente contuviera alguna clase de veneno- después el agua de la vida.– Señaló al cordero muerto cuya sangre había vertido sobre una pila bautismal.
Ante el inquisidor el hereje sonreía. La oferta era tentadora, sin duda. Era irrechazable. La muerte estaba ahora tan cerca que Alonso Rodrigo de Bel Agrande caería en la tentación: la última tentación. Podía sentir a la parca blandiendo la guadaña sobre sí mismo, su aliento le quemaba el cuello. Los muros de Torrecastillo, que de tantas cosas le hubieran protegido, no habían impedido la entrada de los desagradables visitantes. En su habitación con la pila, que el no acertaba a decir como llegara hasta allí, ambos le miraban. ¿Era aquél el juicio final del que tanto había leído? Era muy diferente a las amenazas que el profiriera a los condenados mientras les interrogaba.
“¡Yo soy puro! No caeré en las tentaciones del diablo.” La muerte se le acercó un paso. Mientras la miraba aterrorizado se alejo de ella en pos del vampiro.
Por eso te escogí, por tu pureza. –Pudo vislumbrar una sonrisa, que se el antojó vil, en el rostro del demonio al girarse. Los colmillos aparecían como dos perlas afiladas y cada vez eran más largas. Le tendió la copa.- Estoy aquí para ofrecerte el conocimiento.
Rodeado por las desagradables visiones, el inquisidor comenzó a palidecer. Era imprescindible que se decidiera, sentía latir su corazón cada vez con más fuerza y velocidad. Miles de maldiciones dirigidas a sí mismo aparecían en su mente.
Así me gusta. Hay miles de cosas en este mundo que no están en la situación adecuada. Tómate de ejemplo a ti mismo, te mereces la vida eterna.-¿Cómo podía la “criatura” adivinar lo que él estaba pensando? Le miró asombrado. Ese poder le hubiera ahorrado muchos penosos interrogatorios. ¿Quién sabe que más ocultaba? ¿Qué cantidad de soluciones aportaría a la humanidad el saberle poseedor de tal don?
“¿Cuál es el precio?” El vampiro sonreía cada vez más mientras la parca se alejaba. Ahora ella estaba en el otro extremo de la habitación, era solo una sombra lejana que pronto desaparecería.
Nada que no hayas ya perdido, tan solo tu alma. –Se miró por un momento y no pudo hallarla. Había desaparecido en algún momento entre su niñez y su última tortura.- Te ofrezco una compensación por tus amables servicios.
“¿Quieres decir que de ahora en adelante he de servirte?” El inquisidor se alejó del demonio y pudo ver como a la muerte le volvía la luz a acariciar la calavera.
No me has comprendido. Has perdido tu alma por que te has pasado toda tu vida sirviéndome. –Estaba ahora en una encrucijada, la muerte o el mal. Sí, era cierto, se había pasado toda su vida haciendo el mal, podía seguir haciéndolo eternamente. Tomó la copa que le ofrecía el vampiro. Al poco estaba muerto. Quedó el demonio solo con la muerte.
-Corriste un gran riesgo. ¿Y si él te hubiera pedido “el contrato”?
-Querida amiga es un riesgo que hay que correr. Lo que importa es que he ganado. Ya sabes lo que me has de dar.
-No te creas que he perdido, yo siempre gano. Por los siglos de los siglos he estado alrededor de los hombres e, incluso te he rondado a ti. Ahora, por fin, te entregas a lo que siempre evitaste. Pues yo, la más vieja entre los viejos, entrego la verdadera sabiduría a aquellos que me aceptan.
-¿Y él?- Señalo para el inquisidor.
-Ahora se ha dado cuenta de su gran error. Por fin es sabio.
–Elevó la guadaña contra el demonio y se oyó un ruido sordo de algo golpeando contra el suelo.
Amor de Cine
No era, ni es, lo mejor para llevar una reacción duradera. Pero en aquellos tiempos esto no nos importaba. Nos convertimos en personajes de ficción y nos embarcamos en una gran ola de comportamientos prediseñados por los directores de cine. Tomamos de aquellas películas que viéramos en nuestra infancia nuestros roles y la vida dejó de ser tan aburrida. Yo le amaba y como expresara Pablo Neruda “A veces él también me quería”. Otras era él quien me amaba y yo le utilizaba, como hacía conmigo. Nos deseamos tan intensamente, nos odiamos tan fervientemente como solo se puede hacer durante unos pocos meses antes de que la pasión se agote.
No era especialmente atractivo, ni siquiera era guapo; pero estaba en el lugar adecuado cuando le busqué por primera vez y siempre lo estaría en ocasiones siguientes. Recuerdo que cada vez que le buscaba estaba allí. No me refiero a cuando le quería por capricho si no a cuando me sentía como Escarlata. Bajé las escaleras de aquel lóbrego bar y cuando le vi. mi vestido empezó a ondularse con la brisa que yo producía moviéndome. Realmente llevaba unos simples vaqueros pero así me hizo sentir él al verle. Apoyado sobre la barra recién salido de trabajar, cansado, me miró y en aquel instante supimos que éramos el uno para el otro. No sé quien se dirigió primero al otro después de las oportunas presentaciones, pero si sé que los demás dejaron de existir. Estábamos solos él y yo, en la isla desierta que era aquel bar abarrotado de gente. Tímidamente bajé la mirada, no sé por que lo hice por que realmente nunca fui una persona introvertida pero supuse que a él le gustaría. El tomó mi barbilla y la alzó y nuestros ojos se encontraron. Hablamos toda la noche de nada por que no sabíamos de que hablar. No estuvimos callados ni un solo instante, nunca se nos agotó la conversación. Nos despedimos hasta otra noche sin nuestros números de teléfono, sin esperanza de encontrarnos, pero con la certeza de que el destino nos volvería a unir. Y así fue, como si de un filme de serie B se tratara, le vi en una ciudad que no era la nuestra. Yo me había trasladado a la boda de un buen amigo mío, de hecho durante algún tiempo habíamos sido algo más que amigos. Me dolía que se casara y, aunque no le quisiera ni quisiera estar con él, no soportaba la idea de que estuviera con otra hasta que la muerte les separara. Después de la comida de rigor nos dirigimos a una famosa discoteca de la zona. Allí le vi. Otra vez en la barra, pero esta vez estaba acompañado de una insulsa rubia que sonreía a diestro y siniestro. No era mujer para él. Fui al rescate como Juana de Arco a salvar a Francia. Al llegar a su altura le espete un beso húmedo como si hubiéramos sido amantes durante toda la vida y no unos simples conocidos de una noche. No se durante cuanto tiempo estaríamos besándonos pero al volver a la realidad la rubia ya no estaba. Puedo imaginarme su cara de desprecio y decepción. Nos reímos de ella largo y tendido, hablamos y subimos a la habitación de su hotel. El resto de la noche fue perfecta. Por cierto, la pareja de la boda no tardo en separarse. El me transformó y yo le transformé a él. Fuimos complementarios y antagónicos a la vez. Luchamos juntos y contra el otro y al final nos quedo un bonito cadáver. Rompimos pronto y mal, pero las cosas son así y nuestra vida fue perfectamente completa. Un día nos despertamos y descubrimos que habíamos vivido y que llegaba la muerte.
Mientras duró mi vida se convirtió en un mar de deseos sin frustraciones. Todo estaba allí en el otro, en nosotros mismos. Éramos tal y como siempre habíamos deseado ser. Teníamos a nuestro lado a alguien que complementaba nuestra recién adquirida identidad. Éramos unos sádicos sin duda alguna. No nos importaba nada ni nadie. Muchos se vieron involucrados en nuestra pasión y no salieron muy bien parados. Nos gustaba compartir con los demás nuestras dichas y desdichas. Y así nuestra relación se convirtió en cosa de varios y no solo de dos. Sus amigos, los míos y sobre todo los que teníamos en común se encontraron de pronto aconsejando que era lo que teníamos que hacer. Necesitábamos actores secundarios y público. Esto fue lo que acabó con parte de nuestra estrafalaria comunicación: el dejar parte a la razón en vez de a los instintos. Y el público: terrible. Tomaron más protagonismo que el que hubiera sido deseable y dejaron sus propias películas para introducirse en nuestro culebron. Lo peor era que no eran todos buenos consejos. “¿Por qué no pruebas a salir con otros?” me decían mientras mi relación hacía aguas. Y seguí el consejo. Ni siquiera me gustaba, era baboso, sobón y demás calificativos poco agradables. Que te soben no esta mal siempre y cuando tu no estés diciendo “No”. Pero hay hombres que no lo entienden. Es lo malo de las películas: la mujer siempre dice no cuando quiere decir tal vez y si dicen sí no es una dama. Y ellos se lo creen. Y algunas mujeres siguen queriendo ser damas. Aquel tipo desagradable me la pegó con otra. Me dijo que yo no le daba lo que quería. Aún me pregunto que era lo que pensaba yo cuando acepté su invitación. Y desde luego no me hizo ninguna gracia que me pusiera los cuernos. Mi amiga, la del consejo, no tardó en irle con la información a mi apasionado amante. El al enterarse de lo ocurrido se sintió tan destrozado como al final de “El planeta de los simios” el protagonista. Entonces tuvo lugar el episodio de el ladrillo. Hay experiencias que te hacen ver quienes son tus amigos y quienes no.
Al principio todo era romanticismo. Nos habíamos escapado de la casa de la pradera, nada podía detener nuestro acaramelamiento. En aquel entonces decidí dejar de ser una dama. Muchas veces yo llevaba la voz cantante y a él le gustaba. El tampoco era un verdadero caballero por eso nos hacíamos tan felices. Éramos capaces de estar insultándonos durante horas e incluso pegarnos y después dedicarnos a la más encarnizada lujuria. ¿Que dama insulta o que caballero pega a una mujer? Cuando estábamos juntos vivíamos el uno para el otro, en otras ocasiones no nos acordábamos de nuestro coprotagonista. Todo esto fue antes de que compartiéramos nuestras vivencias con los demás y de que apareciera en escena Melania. Aunque ella apareció casi al final de nuestra relación no puedo dejar de odiarla y de pensar que hubiera sido distinto sin ella.
Podíamos cambiar nuestro papel si lo exigía el guión. El me traía bombones y flores y yo tímidamente los aceptaba. Paseábamos por el parque como si de una pareja victoriana se tratara. Yo con mi largo vestido blanco y mi gran pamela y él con su elegante traje con chistera y bastón. En aquel momentos éramos castos. Me tomaba la mano con miedo a romperla, con miedo de que alguien atisbara un mínimo de lujuria en nosotros. La dama y su apuesto caballero montaban en la calesa a la espera del oportuno compromiso que les permitiera estar juntos. Aunque yo nunca tuve un vestido blanco, ni el usaba bastón, ni nunca quisimos un compromiso.
Me hablaba de ella día y noche y yo deseaba matarle, hasta había buscado un arma en los bajos fondos sin resultado. No es tan fácil como se piensa encontrar un arma. Ni es tan sencillo asesinar a una persona. Hubo una vez, cuando el descubrió que yo había estado saliendo con otro a sus espaldas, que él intentó agredirme pero algo le contuvo, una mano amiga tomó su mano justo en el momento. Tal y como Norman Bates asía el cuchillo el tomó un ladrillo del suelo e hizo ademán de estrellármelo contra la cabeza. Aunque realmente fue el momento de mi vida en el que más peligro corría mi integridad física, tan solo puedo recordarlo como una simpática anécdota.
Ella era dulce como yo jamás lo había sido, o por lo menos eso era lo que él parecía creer. Tan ñoña como la mismísima Melania me parecía a mí, aunque realmente nunca la he conocido. La he visto, es cierto, pero nunca hablé con ella. Entre nosotras se tejió una barrera de odio y competencia alimentada por un deseo hacia un hombre. Tal vez hubiéramos llegado a ser grandes amigas. Ahora tanto ella como él están lejos, cada uno por su lado, como él y yo.
Caminando por las calles, de regreso al hogar, comenzamos a discutir. No recuerdo por qué pero no debe de ser realmente importante. Tal vez un “No me dirigiste la palabra en toda la velada.” o un “Solo me quieres por el sexo.” fue el detonante de una gran batalla verbal que casi acaba con nuestra relación. Los reproches se sucedían uno detrás del otro hasta que ya no pudimos mas y decidimos romper, esta vez sin decir nada. Simplemente echamos a caminar cada uno por su lado dándonos la espalda. Aquel era el fin. Nunca mas nos volveríamos a hablar, a vernos, a reírnos, a tratar de matarnos.
En aquel instante, a veinte metros de distancia y sin mirarnos a la cara, lo comprendimos: nos amábamos, no podíamos vivir el uno sin el otro, siempre estaríamos juntos. Giramos y echamos a correr hasta caer en brazos de nuestro eterno amante. La ciudad estaba oscura y solitaria pero en aquel momento un coche pasó para ser testigo de nuestra pasión sin límite. Supongo que al conductor le resultaría en extremo divertida la situación ya que nos felicitó con un sonoro bocinazo y un carcajeante “¡Así se hace!”
Éramos tan jóvenes entonces. Ahora lo seguimos siendo pero es distinto, ya no nos dejamos llevar por nuestros deseos. Ahora sabemos lo que queremos y lo buscamos. Antes íbamos a por todas ya que lo que deseabas un instante al siguiente estaba olvidado. Había que aprovechar el momento, el deseo.
